domingo, 13 de octubre de 2019

Rèquiem por la memoria del abuelo

Al ser tan vulnerables los humanos
a veces nos sentimos inseguros,
sujetamos los días con las manos
y siempre nos resultan prematuros.

Los recuerdos de toda una existencia
se ocultan en complejos pensamientos
que nos hacen pensar que con la ausencia
se acrecientan profundos sentimientos.

La vida no nos da lo que uno espera,
si no, lo que se encuentra en su existencia,
y aunque la verdad siempre es certera
la muerte nos sorprende con frecuencia,

pues cuando pasa el tiempo inexorable
que ni siquiera al ser humano avala,
y aunque al final nos fuera inevitable
habrá que aprovechar lo que regala.

Sabiendo irrefutable y verdadera
esta razón de fuerza nos iguala
a todo ser viviente a su manera.

La suerte, sea buena o sea mala,
convierte a todo el mundo en jugador
del tiempo que la vida nos señala.

Por ello si se escapa de las manos
aquello que nos hace más seguros
sentirá que se quedan más lejanos
los días que sin él serán más duros.

Los abuelos regalan sus cuidados
a los nietos en forma de cariño,
y no hay mejor recuerdo para un niño
que los sueños que guardan sus legados.

Esos seres queridos, tan amados
te hacen un cálido y furtivo guiño,
y mientras, con su amor darán aliño
a la salsa de sueños macerados.

Sin que exprese su boca el pensamiento,
con los ojos le dicta su razón
al cálamo que plasma este momento.

Tan solo la expresión del sentimiento
es motivo de esta reflexión
y el corazón guardó su sufrimiento.

Con tesón y moral inquebrantable
la mitad de su vida con anhelo,
se pasó siendo guía inseparable
y el bálsamo de fuerza y de consuelo.

Con su poca salud tan saludable,
se propuso le diera aquel chiquillo
el vigor que le hizo invulnerable;

y el hombre amable, ecuánime y sencillo,
con toda su pasión y su energía
se quiso dedicar a lazarillo,

del niño que le diera compañía
en el nunca jamás que en ese mundo
irían construyendo día a día.

Por ello, con el don meditabundo
donde queda grabada la vivencia,
dejó su sentimiento más profundo
y orgulloso en sus manos su inocencia.

Y aunque el mejor amigo haya marchado
con destino insondable y algo incierto
y si vacío el lecho se ha quedado
en sueños él podrá verle despierto.

Saber o no saber dónde se ha ido
es la pena que alberga contenida,
al no ver que un adiós no es un olvido,
ni olvido es la existencia ya perdida.

Se oculta en el silencio de su mente
recuerdos inherentes a una vida,
el tiempo en el ayer se hace presente,        
reflejando la llaga de la herida

abierta por faltarle su consuelo
alguna vez o nunca comprendido,
y mientras la mirada eleve al cielo

creyendo que su cuerpo allí ha subido,
podrá pasar con gran misterio el duelo
sin apenas saber porque ha partido,

pensando que al pasar su desconsuelo
regresará el abuelo tan querido
a mitigar su sueño y su desvelo.

Y cuando en su silencio más rotundo
quede el recuerdo hecho ya evidencia,
quizá imagine en su interior profundo
que la muerte es amiga de la ausencia.

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