a
veces nos sentimos inseguros,
sujetamos
los días con las manos
y
siempre nos resultan prematuros.
Los
recuerdos de toda una existencia
se
ocultan en complejos pensamientos
que
nos hacen pensar que con la ausencia
se
acrecientan profundos sentimientos.
La
vida no nos da lo que uno espera,
si
no, lo que se encuentra en su existencia,
y
aunque la verdad siempre es certera
la
muerte nos sorprende con frecuencia,
pues
cuando pasa el tiempo inexorable
que
ni siquiera al ser humano avala,
y
aunque al final nos fuera inevitable
habrá
que aprovechar lo que regala.
Sabiendo
irrefutable y verdadera
esta
razón de fuerza nos iguala
a
todo ser viviente a su manera.
La
suerte, sea buena o sea mala,
convierte
a todo el mundo en jugador
del
tiempo que la vida nos señala.
Por
ello si se escapa de las manos
aquello
que nos hace más seguros
sentirá
que se quedan más lejanos
los
días que sin él serán más duros.
Los
abuelos regalan sus cuidados
a
los nietos en forma de cariño,
y
no hay mejor recuerdo para un niño
que
los sueños que guardan sus legados.
Esos
seres queridos, tan amados
te
hacen un cálido y furtivo guiño,
y
mientras, con su amor darán aliño
a
la salsa de sueños macerados.
Sin
que exprese su boca el pensamiento,
con
los ojos le dicta su razón
al
cálamo que plasma este momento.
Tan
solo la expresión del sentimiento
es
motivo de esta reflexión
y
el corazón guardó su sufrimiento.
Con
tesón y moral inquebrantable
la
mitad de su vida con anhelo,
se
pasó siendo guía inseparable
y
el bálsamo de fuerza y de consuelo.
Con
su poca salud tan saludable,
se
propuso le diera aquel chiquillo
el
vigor que le hizo invulnerable;
y
el hombre amable, ecuánime y sencillo,
con
toda su pasión y su energía
se
quiso dedicar a lazarillo,
del
niño que le diera compañía
en
el nunca jamás que en ese mundo
irían
construyendo día a día.
Por
ello, con el don meditabundo
donde
queda grabada la vivencia,
dejó
su sentimiento más profundo
y
orgulloso en sus manos su inocencia.
Y
aunque el mejor amigo haya marchado
con
destino insondable y algo incierto
y
si vacío el lecho se ha quedado
en
sueños él podrá verle despierto.
Saber
o no saber dónde se ha ido
es
la pena que alberga contenida,
al
no ver que un adiós no es un olvido,
ni
olvido es la existencia ya perdida.
Se
oculta en el silencio de su mente
recuerdos
inherentes a una vida,
el
tiempo en el ayer se hace
presente,
reflejando
la llaga de la herida
abierta
por faltarle su consuelo
alguna
vez o nunca comprendido,
y
mientras la mirada eleve al cielo
creyendo
que su cuerpo allí ha subido,
podrá
pasar con gran misterio el duelo
sin
apenas saber porque ha partido,
pensando
que al pasar su desconsuelo
regresará
el abuelo tan querido
a
mitigar su sueño y su desvelo.
Y
cuando en su silencio más rotundo
quede
el recuerdo hecho ya evidencia,
quizá
imagine en su interior profundo
que
la muerte es amiga de la ausencia.
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